Como todos los veranos, comienza el regreso a esa vida entroncada año
tras año con los pasos que conforman los caminos que poco a poco
escriben la existencia de todos. Sin saber muy bien la razón, hace
más de un mes que decidí hacer esta pequeña catarsis sobre lo que
se había quedado atesorado en el corazón para siempre. Muchos años
más quedan en el tintero de este ir y venir de mi familia, donde
encontrábamos ese paréntesis para aprovechar tantos días de
ausencias y esperas para volver.
Vinieron
años después, las ausencias reales y sus despedidas definitivas. La
demora en revivir la casa de mis abuelos que ya no estarían nunca
más. Comenzaron las distorsiones que producían las casas que se
iban cerrando necesariamente y los barrios cada vez más ausentes de
sus vecinos.
Mis
abuelos no pudieron ver como aquel hilo mágico ha permanecido en mi
vida con esta aldea que tanto ha significado siempre. Les he contado
tantas veces sentada en la escalera de siempre, que la vida nos ha
regalado más momentos de conexión con su querido pueblo. Que en
verdad, a pesar del tiempo y de tantas cosas vividas, sigue siendo mi
refugio para encarar la vida a pesar de todo. Que su casa sigue
siendo el vínculo con todo lo que significaron. Mi abuela siempre
sonreía cuando ya viuda sabía que Sariña cuidaría de su casa.
La
vida sigue siendo hermosa gracias a tantos recuerdos que nos dejan.
Una escalada vital a esas enseñanzas de amor inmenso concentrado en
menos de un mes al año. Y junto a la necesaria nostalgia de la vida
que no vuelve atrás, retomar el camino para que los pasos sigan
empujando ese rimar con el pasado que nunca vuelve pero que ya nadie
te podrá quitar.
Medeiros
ha significado muchísimas más cosas. Crecer a saltos de un año a
otro. Contribuir a ese espíritu de familia permanente donde
reunirse, aunque sea arañando unos pocos días. Amansar la ansiedad
de las luchas diarias para apaciguar el vértigo de las ciudades. Y
lo más importante, el sentimiento de pertenecer a un origen propio e
intransferible. Como esa habitación propia de la escritora desde la
que poder contar lo mejor de uno mismo y donde guardar en pequeños
cajones los instantes decisivos e inolvidables para ir decorando la
estancia de cada día.
Posiblemente
este tenía que ser el año para reordenar las vivencias pasadas. Ha
sido el año de regresar con el último deseo de mi madre para
reposar junto a mi padre en su tierra eterna. Un año para cerrar
ciclos y para abrir otros, y para ambas cosas el mejor lugar sigue
siendo Medeiros.
Desde
las mismas escaleras por las que veía subir a mi abuelo con ese
ritmo pausado o donde se sentaba mi abuela mientras esparcía los
granos de maíz para sus queridas pitas, respiro nuevos amaneceres
deseosa de llegar a esos atardeceres rosados del tiempo. Todo no
sigue igual, pero permanece para siempre. En realidad, sigue siendo
lo más importante. Permanecer para dejar a mis hijas los mejores
sentimientos que quedaron a mi cuidado. Entre el respeto a mis
mayores y la lucha por prosperar de cada uno de nosotros.
A
pesar de los años y de la vida, la esperanza entre el pasado y el
futuro sigue viajando entre las calles de mi aldea. Será por eso que
Medeiros te enreda entre sus caminos. Diversos y diferentes, donde
encontrar siempre el preferido para acunarte en las penas y enseñarte
la alegría del buen andar. Porque, en cualquier momento, siempre
estará la cancela abierta para entrar o la huerta para seguir
soñando con la tierra o los tejados repletos de añoranzas. Una
forma de entender la vida siempre. Tal vez porque Medeiros sigue
siendo siempre...
La noche antes del viaje de regreso era siempre excesivamente
silenciosa y extrañamente corta. La cena tenía más mutismos que de
costumbre. En un intento de aliviar la escena por parte de mi padre,
siempre salía a la luz el deseo de que mis abuelos se animaran a
viajar a Valencia. Una temporada en nuestra casa era el anhelo
persistente de mi madre. Pero siempre había demasiados problemas.
Que si las gallinas, que si las berzas, que si la matanza… A lo que
continuaba la conclusión de todos los años: “lo
que tienen que hacer es vender todo y empezar a descansar que ya han
trabajado demasiado”. Era un buen tema para escapar de la
tristeza que se apoderaba en aquellas últimas horas en Medeiros.
Nunca vinieron a Valencia. En verdad, mis abuelos, hasta que la
enfermedad propia de una vejez necesaria se lo impidió, siempre se
mantuvieron en esa actividad tan propia del rural. La huerta, alguna
viña para seguir cosechando su vino y las queridas gallinas de mi
abuela. Me acuerdo que el último año que las recuerdo, a mi abuela
le quedaba solamente ya una pita. Creo que casi la tenía de
mascota. Tan proporcionalmente mayor como ella. Tanto es así que ver
desaparecer a la última gallina en la casa de mis abuelos fue el
inicio de comprobar como languidecía, año tras año, la vida de mis
abuelos.
Aquella
noche mi abuelo se quedaba en silencio apurando la cena. Y cuando
todo estaba recogido era el primero que apuntaba a la necesidad de ir
pronto a la cama. En las primeras horas de la madrugada estaríamos
todos en marcha para acudir al autobús que pasaría por Medeiros
hacia las siete de la mañana y que nos llevaría, nuevamente, a la
estación de tren en Ourense. Pero claro, por si se adelantaba,
nosotros estaríamos ya en la Corredoira hacia las seis y media como
buenos viajeros precavidos.
“Hasta
mañana, abuelo”. Así me despedía de aquella última noche.
Era imposible decir nada más. Mi abuela ya andaba refugiándose en
reordenar nuevamente la cocina para evitar el contacto directo con
sus ojos. Y mamá reandaba una y otra vez, en un silencio excesivo,
los últimos preparativos del viaje. La respuesta de mi abuelo se
quedaba en un suspiro para levantarse de la silla y acariciar mi
cabeza como deseo de un buen descanso. Así llegaba a mis sueños,
que quedarían interrumpidos muy pronto por mi padre. Sin darme
cuenta ya lo tenía a mi lado susurrando aquello de que había que
levantarse. Era todavía de noche. Con todas las luces encendidas
comenzaba el trasiego para desayunar con premura. Papá recogiendo la
ropa de noche para meterla en la última esquina libre de alguna
maleta. Mamá doblando las sábanas que quedarían para lavar y
colocando las colchas que permanecerían intactas hasta el año que
viene. Parecía que poco a poco las habitaciones iban cerrándose en
la penumbra que permanecería meses y meses hasta la llegada del
próximo verano.
Era
el momento de marchar. La cancela de la escalera se mantenía abierta
como salvoconducto para iniciar el necesario camino del vuelta a
nuestra vida. Allí se quedaba mi abuela intentando mantener el tipo
aunque no hubiera manera de entender sus palabras de despedida ante
ese llanto contenido que desbordaba en el último minuto. El abuelo
ya acompañaba a mi padre con los diversos bultos que siempre se
multiplicaban en el regreso. Mamá me llevaba de la mano disimulando
la llorera en aquella oscuridad de la madrugada que nos despedía un
año más.
Así
llegábamos hasta el punto donde esperaríamos al viejo Villalón.
Allí solamente había comenzado su actividad el bar de Gandulo,
abierto para servir los primeros cafés de los viajeros que
emprendían viaje a la capital ourensana. Mi abuelo permanecía
fuerte y sonriente ante la espera. Con algún chascarrillo de los
suyos aún nos hacía reír en esos momentos. Papá intentaba
disimular contando una y otra vez el equipaje y señalando las
primeras órdenes para cuando llegáramos a Ourense. “Sarita, tú
te ocupas de cuidar esta maleta mientras mamá y yo recogemos el
resto”. Perfecto. En la espera vimos como se abría el portalón
de la casa del hermano de mi madre. Por allí aparecían mis tíos
para despedirse ante la llegada inminente del autobús. Los faros que
empezaban a iluminar la entrada a Medeiros era la señal de que ya
había llegado. Con el breve frenazo empezaba el ir y venir al
maletero del autobús. Y el momento más duro de tener que despedirse
de mi abuelo. Sin palabras, en medio del silencio que provocan las
lágrimas y que ahogan cualquiera de las preparadas palabras que
querías decir. Todo tenía que ser rápido para acabar con esa
necesidad de permanecer aunque sea un día más. Mi padre sabía de
la inmensa pena de mi madre. Así que en el silencio triste de
cualquier despedida, nos quedábamos mirando por el grueso cristal de
la ventana a la que se acercaba mi abuelo. Con su boina en la mano
nos dejaba sus ojos brillantes y el ansiado deseo del próximo
regreso. Con el cierre de la puerta de entrada, el autobús comenzó
su andadura. Mi abuelo se iba haciendo cada vez más pequeñito. Casi
sólo veía su mano moviendo su estimada boina como en un intento de
permanecer en el horizonte de nuestra mirada atrás. “Mamá, no
llores más”. Era lo único que le podía decir en aquellos
momentos. Seguía el silencio. De repente, me di cuenta que empezaba
a salir el sol. Un amanecer que parecía dar la bienvenida a otra
nueva etapa, dejando poco a poco más alejado mi querido Medeiros. En
mi capazo de mano, imprescindible para los viajes, papá había
encontrado el lugar propicio para meter la bolsita con las hierbas
que había recolectado mi abuela. Tanto era así que empecé a notar
el aroma de la manzanilla y el tomillo. “Mira mamá, huele como
la casa de los abuelos”. Todo un preludio para saber que nunca
rompería ese vínculo con la tierra de mis padres. Llegaba el
momento de recibir los primeros rayos de sol. Era el momento de
poder empezar a quitarse la chaqueta que nos había cobijado de los
ya fríos amaneceres de la montaña. Allí se quedaban los aromas y
los recuerdos de un verano más, que quedaría para siempre en el
recuerdo de los nuestros, de la familia, que a pesar de la distancia
supo permanecer hilando sentimientos año tras año y que a día de
hoy siguen siendo eternos.
En esos últimos días de agosto los preparativos para el viaje de
vuelta intensificaban la actividad en la casa. Marchar de Medeiros
era algo más que volver a hacer maletas. Mi abuela andaba preocupada
porque no salía ni una sola tarde con el suficiente viento para
limpiar los garbanzos que estaban ya para pisar. Andaba enfadada con
el tiempo que no le proporcionaba esa maravillosa técnica personal
que a mi me dejaba con la boca abierta cada vez que la veía. Por
fin, aquella tarde prometía que la brisa, que ya acariciaba el
amanecer, permanecería en las primeras horas de la tarde para esa
labor tan especial. Y así fue. Posicionada mi abuela con una caja de
madera en el hombro donde había depositado el pisado de las ramas
de los garbanzos, se dispuso a airear el contenido encima de un
mandilón que recogería solamente los granos de la deliciosa
legumbre de nuestra huerta. Lo importante era encontrar el punto
exacto de la corriente para empezar a vaciar poquito a poco esa caja
de madera. Era precisamente el momento donde veías caer los
garbanzos en el mandil, y las vainas y demás restos volar lejos de
la estupenda selección. Así de fácil. Le llevaba un buen tiempo
hacer aquella tarea que a mí me parecía tan mágica. En verdad,
entre el viento y la maña de mi abuela parecía todo tan natural...
Como yo lo tenía que probar todo, a pesar de mi incapacidad para
levantar aquel cajón, mi abuela inventaba alguna cosa para que con
mis manos, demasiado pequeñas aún, pudiera experimentar que si vas
dejando caer todo junto, lo más pesado caía cerca y lo más ligero
volaba más lejos consumando la deseada limpieza. Toda una clase de
física por parte de mi querida abuela. Y así de contenta se quedaba
ella. Con su saquito de garbanzos que iría a parar a alguna de
nuestras maletas para regresar a Valencia. No sería lo único. Ya
tenía preparada la bolsa con las alubias recién recogidas y los
ramilletes secos de las hierbas naturales que se recogían con esa
delicadeza propia de las cosas importantes. La manzanilla, el tomillo
y la hierba buena viajarían también con nosotros. Tanto es así que
cualquiera de los bolsos que íbamos a llevar en el viaje servía
para buscar un hueco e incluir tantos pellizcos buenos de nuestra
casa. Mi abuelo ya había preparado dos inmensos sacos de patatas que
serían mandados por correo hasta nuestro domicilio en el mes de
septiembre. “Mira Sariña, esos sacos van a viajar también
hasta Valencia. Ya me dirás si están buenas”. Por supuesto
que estarían buenísimas. Siempre me acordaré del día que llegaban
esos inmensos sacos a nuestra casa. Yo sabía que habían llegado
desde el momento en que entraba por la puerta de mi regreso del
colegio. El olor a cachelos que venía de la cocina era tan
reconocible que mamá ya no me decía nada más. Allá iba corriendo
hasta la pota al fuego para deleitar exquisitamente mi olfato.
No
serían los únicos envíos desde Medeiros. Hacia mitad de enero
llegaría el deseado paquete con una estupenda selección de
productos de la matanza.Chorizos, androllas, lomos, unto… en fin,
todo lo que un buen empaquetado pudiera aguantar en el largo viaje.
Tampoco faltaría el envío de un jamón. Siempre me acordaré del
cuidadoso esmero con el que se había preparado la deliciosa pata
bien curada. Llegaba rodeada de la tela de un saco y cerrada con
cuerda bien cosida por todo un lateral. Era evidente que a mi abuela
le había llevado su trabajo para que quedara bien embalado. Así me
los imaginaba, a mis abuelos en la distancia preparando y enviando
tantos deseos de cercanía.
Mi
padre ya andaba nervioso en esos días. Sabía del aluvión de
pequeños presentes que se irían acumulando para el viaje. Todos
confiábamos en su buen hacer para empaquetar y casi pidiendo
milagros que pudieran incluir todo. Los ofrecimientos venían por
todos los lados. Mis tíos con alguna botella de vino de su propia
cosecha, el aguardiente de mi abuelo o el licor de hierbas de mi tía
Luisa, que según me contaban, era de los mejores. Tampoco faltaba el
licor café casero de mi abuela, cuya receta pasó de generación en
generación. Así que ya veías a mi padre buscar una buena caja de
botellas para poder transportar con seguridad tantos obsequios que
llevar. Mientras dejaba a mis padres discutiendo sobre la idoneidad
de aquellos paquetes, era también mi momento de ir despidiéndome de
algunos “pequeños amiguitos” que durante ese mes había visto
nacer. Se trataba de las pequeñas crías de conejos que habían
nacido hacía quince días. Tras el aviso de mi tía Constanza, una
parte de mis correrías era pasar por su casa y hacer un seguimiento
minucioso de aquellos diminutos gazapillos que todavía tenían los
ojillos cerrados. Mi tía disfrutaba enseñándome a los pequeños
conejillos. Me los acercaba a mis manos y con muchísimo cuidado los
acurrucaba a mi regazo para mantenerlos calentitos. Menuda delicia
disfrutar de aquella suavidad y ese calorcito de sus cuerpos tan
pequeños. Me encantaba ver la evolución tan rápida de los retoños.
Sus orejas crecían de un día para otro y sus ojos ya permanecían
abiertos ante tanto delicado zarandeo por nuestra parte. Empezaban a
diferenciarse las diversas tonalidades de sus pelajes y era el
momento de disfrutar viéndolos en sus primeros correteos. Mi tía,
con toda la buena intención, me ofreció un maravilloso regalo al
ver la pena de despedirme de ellos. “Mira, llévate uno a
Valencia, elige el que quieras” ¡¡Menudo notición!! Por
supuesto que me lo llevaba. Así de contenta regresé a casa.
“¡¡Papá, que la tía me regala un conejito para
llevármelo!!” La cara de papá fue todo un poema. Era la
típica expresión de mi padre en la que dejaba clara la negativa
incontestable. “Pero hija, cómo nos vamos a llevar un conejo.
Imposible” De nada sirvió mi compromiso de llevarlo conmigo,
de buscar una caja para el transporte, de mi insistencia en la
responsabilidad de su cuidado… A pesar de todas mis súplicas, el
pobre gazapillo no se haría valenciano. Así que volvía a desandar
el camino para decirle a mi tía que era imposible. Mientras me
alejaba escuchaba a mi padre la retahíla de quejas propias de esos
días. “Lo que faltaba. También llevarnos un conejo. Y
también un pollito, no te digo… Esto no puede ser. Hay que
empezar a seleccionar, si no vamos a parecer porteadores en las
estaciones...” Me hizo gracia la expresión de mi padre. La
verdad, todos los años era lo mismo. Entre la insistencia de mi
madre para llevarse los queridos productos de su casa y el dolor de
cabeza de mi padre para buscarles sitio, se pasaban las últimas
horas en Medeiros. Ciertamente, el deseo de llevarme a un pequeño
conejo era la gota que colmaba el vaso. Mi tía me tranquilizó. Ella
cuidaría al pequeño “Willy” que me esperaría el año
siguiente. Bendita inocencia...
Nuestra estupenda pandilla de Medeiros iba menguando como los días
de vacaciones. Poco a poco se reducía la chiquillería de las calles
y las tardes de continuo alboroto infantil. Así que los paseos ya
empezaban a ser más cortos y los partidos de futbolín en el bar de
Cándido necesitaban menos vueltas para concluir la liguilla. Mis
primos y yo intentábamos en esa última semana arañar minutos a las
horas para estar juntos. Tanto es así que ante la orden de mi tía
Mercedes de no salir hasta después de las seis, prefería acudir a
su casa y quedarnos encerrados en una de las habitaciones donde
iniciar, hasta el permiso correspondiente, nuestras hazañas
personales. Era tiempo de inventarse cualquier tipo de juego y con
los elementos más sencillos que estaban en nuestra mano. Sin hacer
publicidad a una marca de pipas, aquel verano nos suscribimos a esas
bolsas que traían unas bolitas en su interior. Si al romperla
aparecía un punto oscuro, teníamos que volver al puesto de venta
porque nos había tocado un estupendo globo con el eslogan de la
marca. Una unión genuina entre las pipas y un toro que se lamentaba
de morir sin haber probado aquel estupendo manjar. Con la imaginación
propia de aquella maravillosa edad, nos inventamos un juego
trepidante. Hinchar el globo, subir las escaleras del taller de Paco,
decir a los cuatro vientos el lamento del pobre toro y soltar el
globito de marras. Tras decenas de subidas y bajadas, y las risas
propias de ver hasta donde llegaba la desinflada del pobre globo,
ocurrió lo que no habíamos pensado. La trayectoria del hinchable
desvió su camino hasta el tejado. Menuda mala suerte, ahora que le
habíamos cogido el tranquillo al juego recién inventado. A pesar de
los intentos de subirnos hasta el tejado para recuperar nuestro
utensilio deseado, solamente faltó el chillido de mi tía para dejar
en paz el tejado, el globo y cualquier ocurrencia que pasara por
nuestra cabeza. “Vamos a comprar otra bolsa de pipas. Igual nos
toca otro globo”. Pero la suerte no se acerca dos veces, y en
nuestro caso, tampoco. Así que sentados en las escaleras de la casa
de mis primos, mirábamos con nostalgia el pobre globito azul que
descansaba ya para siempre en las tejas de la casa de enfrente. Una
primera derrota en nuestro quehacer infantil no sería suficiente
para acabar con nuestra tarde estival. “Y si vamos hasta el
Valeciño? Pues vale”.
Aquellas
últimas tardes en Medeiros eran un ir y venir por sus calles, como
comprobando que muchos ya habían marchado y dejado ese halo de
morriña que quedaría en el aire hasta un año después. En la
fuente del Valeciño pasábamos un buen rato observando como la veta
de la fuente exponía una profundidad impresionante. De ahí siempre
los avisos de no asomarse demasiado y tener mucho cuidado para
acercarse a beber en el continuo chorro de agua que salía de ella,
fresca y limpia para esas últimas tardes de calor.
Puestos
a visitar fuentes, decidimos acudir también a la del Bouzo. Junto a
ella teníamos la casa del cura y el espectacular cruceiro de
Medeiros, que había servido en la época de nuestros padres como
punto de reunión para aquella juventud. Y como recordando esos
tiempos pasados, nos sentábamos a los pies del cruceiro para
comentar las pocas cosas que ya nos quedaban por contar. Recordar
nuestras andanzas y reírnos de alguna que otra travesura que
quedarían año tras año en nuestro coleccionable particular y que
servirían para seguir soñando con nuestra aldea. Allí terminamos
la última bolsa de pipas. Pensando ya en qué hora podría ser,
vimos a Don Antonio, el cura de la parroquia, que salía apresurado
de su casa. “Hola mozos, qué hacéis… ¡¡Uy!!
menuda cara de aburrimiento… Venga, venid conmigo a misa”.
Cualquiera le decía que no a Don Antonio. El cura que nos había
visto crecer a todos. Así que allí nos dirigimos. Era una forma más
de alargar aquel atardecer. Teníamos el mejor salvoconducto para
llegar un poco más tarde a casa. Mientras tocaban la última llamada
a misa, aprovechábamos para visitar a nuestros seres queridos en el
cementerio que rodeaba nuestra iglesia. Sabíamos de la ubicación de
familiares y vecinos que nos habían dejado ya hace tantos años. En
voz baja y con un inmenso respeto íbamos recorriendo las lápidas y
las flores que recordaban con cariño a todos ellos. Bien valía un
pequeño rezo por todos ellos. Una forma especial de alargar su
existencia con un hermoso recuerdo.