Algunas de mis pisadas...

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Pontevedra, Pontevedra, Spain

lunes, 20 de septiembre de 2021

LA LENGUA DE TU RECUERDO

 La lengua de frío viento

enmadeja el aliento del tiempo

con las flores prendidas 

entre camelias de sueños.

La lengua del otoño viejo

alborota el tupé del sombrero

con las hojas quebradas

entre caminos inciertos.

La lengua del estío seco

rebrota las aguas de tu recuerdo

con la arena de la playa

entre anocheceres eternos.

Pero anhelo la lengua eterna

la que florece al final del invierno

con la espalda sedienta de tu risa

entre ramilletes que rebosan besos...

jueves, 9 de septiembre de 2021

HUELLAS

 Repaso con las yemas de mis dedos

el hondo pesar del tiempo, 

especulando sonrisas y lágrimas

que saben a los días sedientos.


Acaricio tu lomo esbelto

entre surcos sabedores de voces

tejedores constantes de palabras

que recorren el pasado despierto.


Rodeo entre mis labios tu cuerpo

en el lugar que habita el consuelo

para plegarme entre tus brazos

para sanarme en tu recuerdo.

domingo, 29 de agosto de 2021

MICRORRELATOS PARA EL VERANO: SIEMPRE MEDEIROS. EPÍLOGO

 

Como todos los veranos, comienza el regreso a esa vida entroncada año tras año con los pasos que conforman los caminos que poco a poco escriben la existencia de todos. Sin saber muy bien la razón, hace más de un mes que decidí hacer esta pequeña catarsis sobre lo que se había quedado atesorado en el corazón para siempre. Muchos años más quedan en el tintero de este ir y venir de mi familia, donde encontrábamos ese paréntesis para aprovechar tantos días de ausencias y esperas para volver.

Vinieron años después, las ausencias reales y sus despedidas definitivas. La demora en revivir la casa de mis abuelos que ya no estarían nunca más. Comenzaron las distorsiones que producían las casas que se iban cerrando necesariamente y los barrios cada vez más ausentes de sus vecinos.


Mis abuelos no pudieron ver como aquel hilo mágico ha permanecido en mi vida con esta aldea que tanto ha significado siempre. Les he contado tantas veces sentada en la escalera de siempre, que la vida nos ha regalado más momentos de conexión con su querido pueblo. Que en verdad, a pesar del tiempo y de tantas cosas vividas, sigue siendo mi refugio para encarar la vida a pesar de todo. Que su casa sigue siendo el vínculo con todo lo que significaron. Mi abuela siempre sonreía cuando ya viuda sabía que Sariña cuidaría de su casa.

La vida sigue siendo hermosa gracias a tantos recuerdos que nos dejan. Una escalada vital a esas enseñanzas de amor inmenso concentrado en menos de un mes al año. Y junto a la necesaria nostalgia de la vida que no vuelve atrás, retomar el camino para que los pasos sigan empujando ese rimar con el pasado que nunca vuelve pero que ya nadie te podrá quitar.

Medeiros ha significado muchísimas más cosas. Crecer a saltos de un año a otro. Contribuir a ese espíritu de familia permanente donde reunirse, aunque sea arañando unos pocos días. Amansar la ansiedad de las luchas diarias para apaciguar el vértigo de las ciudades. Y lo más importante, el sentimiento de pertenecer a un origen propio e intransferible. Como esa habitación propia de la escritora desde la que poder contar lo mejor de uno mismo y donde guardar en pequeños cajones los instantes decisivos e inolvidables para ir decorando la estancia de cada día.



Posiblemente este tenía que ser el año para reordenar las vivencias pasadas. Ha sido el año de regresar con el último deseo de mi madre para reposar junto a mi padre en su tierra eterna. Un año para cerrar ciclos y para abrir otros, y para ambas cosas el mejor lugar sigue siendo Medeiros.

Desde las mismas escaleras por las que veía subir a mi abuelo con ese ritmo pausado o donde se sentaba mi abuela mientras esparcía los granos de maíz para sus queridas pitas, respiro nuevos amaneceres deseosa de llegar a esos atardeceres rosados del tiempo. Todo no sigue igual, pero permanece para siempre. En realidad, sigue siendo lo más importante. Permanecer para dejar a mis hijas los mejores sentimientos que quedaron a mi cuidado. Entre el respeto a mis mayores y la lucha por prosperar de cada uno de nosotros.


A pesar de los años y de la vida, la esperanza entre el pasado y el futuro sigue viajando entre las calles de mi aldea. Será por eso que Medeiros te enreda entre sus caminos. Diversos y diferentes, donde encontrar siempre el preferido para acunarte en las penas y enseñarte la alegría del buen andar. Porque, en cualquier momento, siempre estará la cancela abierta para entrar o la huerta para seguir soñando con la tierra o los tejados repletos de añoranzas. Una forma de entender la vida siempre. Tal vez porque Medeiros sigue siendo siempre...





sábado, 28 de agosto de 2021

MICRORRELATOS PARA EL VERANO: LA DESPEDIDA


La noche antes del viaje de regreso era siempre excesivamente silenciosa y extrañamente corta. La cena tenía más mutismos que de costumbre. En un intento de aliviar la escena por parte de mi padre, siempre salía a la luz el deseo de que mis abuelos se animaran a viajar a Valencia. Una temporada en nuestra casa era el anhelo persistente de mi madre. Pero siempre había demasiados problemas. Que si las gallinas, que si las berzas, que si la matanza… A lo que continuaba la conclusión de todos los años: lo que tienen que hacer es vender todo y empezar a descansar que ya han trabajado demasiado”. Era un buen tema para escapar de la tristeza que se apoderaba en aquellas últimas horas en Medeiros. Nunca vinieron a Valencia. En verdad, mis abuelos, hasta que la enfermedad propia de una vejez necesaria se lo impidió, siempre se mantuvieron en esa actividad tan propia del rural. La huerta, alguna viña para seguir cosechando su vino y las queridas gallinas de mi abuela. Me acuerdo que el último año que las recuerdo, a mi abuela le quedaba solamente ya una pita. Creo que casi la tenía de mascota. Tan proporcionalmente mayor como ella. Tanto es así que ver desaparecer a la última gallina en la casa de mis abuelos fue el inicio de comprobar como languidecía, año tras año, la vida de mis abuelos. 

Aquella noche mi abuelo se quedaba en silencio apurando la cena. Y cuando todo estaba recogido era el primero que apuntaba a la necesidad de ir pronto a la cama. En las primeras horas de la madrugada estaríamos todos en marcha para acudir al autobús que pasaría por Medeiros hacia las siete de la mañana y que nos llevaría, nuevamente, a la estación de tren en Ourense. Pero claro, por si se adelantaba, nosotros estaríamos ya en la Corredoira hacia las seis y media como buenos viajeros precavidos.

Hasta mañana, abuelo”. Así me despedía de aquella última noche. Era imposible decir nada más. Mi abuela ya andaba refugiándose en reordenar nuevamente la cocina para evitar el contacto directo con sus ojos. Y mamá reandaba una y otra vez, en un silencio excesivo, los últimos preparativos del viaje. La respuesta de mi abuelo se quedaba en un suspiro para levantarse de la silla y acariciar mi cabeza como deseo de un buen descanso. Así llegaba a mis sueños, que quedarían interrumpidos muy pronto por mi padre. Sin darme cuenta ya lo tenía a mi lado susurrando aquello de que había que levantarse. Era todavía de noche. Con todas las luces encendidas comenzaba el trasiego para desayunar con premura. Papá recogiendo la ropa de noche para meterla en la última esquina libre de alguna maleta. Mamá doblando las sábanas que quedarían para lavar y colocando las colchas que permanecerían intactas hasta el año que viene. Parecía que poco a poco las habitaciones iban cerrándose en la penumbra que permanecería meses y meses hasta la llegada del próximo verano.

Era el momento de marchar. La cancela de la escalera se mantenía abierta como salvoconducto para iniciar el necesario camino del vuelta a nuestra vida. Allí se quedaba mi abuela intentando mantener el tipo aunque no hubiera manera de entender sus palabras de despedida ante ese llanto contenido que desbordaba en el último minuto. El abuelo ya acompañaba a mi padre con los diversos bultos que siempre se multiplicaban en el regreso. Mamá me llevaba de la mano disimulando la llorera en aquella oscuridad de la madrugada que nos despedía un año más.

Así llegábamos hasta el punto donde esperaríamos al viejo Villalón. Allí solamente había comenzado su actividad el bar de Gandulo, abierto para servir los primeros cafés de los viajeros que emprendían viaje a la capital ourensana. Mi abuelo permanecía fuerte y sonriente ante la espera. Con algún chascarrillo de los suyos aún nos hacía reír en esos momentos. Papá intentaba disimular contando una y otra vez el equipaje y señalando las primeras órdenes para cuando llegáramos a Ourense. “Sarita, tú te ocupas de cuidar esta maleta mientras mamá y yo recogemos el resto”. Perfecto. En la espera vimos como se abría el portalón de la casa del hermano de mi madre. Por allí aparecían mis tíos para despedirse ante la llegada inminente del autobús. Los faros que empezaban a iluminar la entrada a Medeiros era la señal de que ya había llegado. Con el breve frenazo empezaba el ir y venir al maletero del autobús. Y el momento más duro de tener que despedirse de mi abuelo. Sin palabras, en medio del silencio que provocan las lágrimas y que ahogan cualquiera de las preparadas palabras que querías decir. Todo tenía que ser rápido para acabar con esa necesidad de permanecer aunque sea un día más. Mi padre sabía de la inmensa pena de mi madre. Así que en el silencio triste de cualquier despedida, nos quedábamos mirando por el grueso cristal de la ventana a la que se acercaba mi abuelo. Con su boina en la mano nos dejaba sus ojos brillantes y el ansiado deseo del próximo regreso. Con el cierre de la puerta de entrada, el autobús comenzó su andadura. Mi abuelo se iba haciendo cada vez más pequeñito. Casi sólo veía su mano moviendo su estimada boina como en un intento de permanecer en el horizonte de nuestra mirada atrás. “Mamá, no llores más”. Era lo único que le podía decir en aquellos momentos. Seguía el silencio. De repente, me di cuenta que empezaba a salir el sol. Un amanecer que parecía dar la bienvenida a otra nueva etapa, dejando poco a poco más alejado mi querido Medeiros. En mi capazo de mano, imprescindible para los viajes, papá había encontrado el lugar propicio para meter la bolsita con las hierbas que había recolectado mi abuela. Tanto era así que empecé a notar el aroma de la manzanilla y el tomillo. “Mira mamá, huele como la casa de los abuelos”. Todo un preludio para saber que nunca rompería ese vínculo con la tierra de mis padres. Llegaba el momento de recibir los primeros rayos de sol. Era el momento de poder empezar a quitarse la chaqueta que nos había cobijado de los ya fríos amaneceres de la montaña. Allí se quedaban los aromas y los recuerdos de un verano más, que quedaría para siempre en el recuerdo de los nuestros, de la familia, que a pesar de la distancia supo permanecer hilando sentimientos año tras año y que a día de hoy siguen siendo eternos.

viernes, 27 de agosto de 2021

MICRORRELATOS PARA EL VERANO: UN GAZAPILLO CASI VALENCIANO

 

En esos últimos días de agosto los preparativos para el viaje de vuelta intensificaban la actividad en la casa. Marchar de Medeiros era algo más que volver a hacer maletas. Mi abuela andaba preocupada porque no salía ni una sola tarde con el suficiente viento para limpiar los garbanzos que estaban ya para pisar. Andaba enfadada con el tiempo que no le proporcionaba esa maravillosa técnica personal que a mi me dejaba con la boca abierta cada vez que la veía. Por fin, aquella tarde prometía que la brisa, que ya acariciaba el amanecer, permanecería en las primeras horas de la tarde para esa labor tan especial. Y así fue. Posicionada mi abuela con una caja de madera en el hombro donde había depositado el pisado de las ramas de los garbanzos, se dispuso a airear el contenido encima de un mandilón que recogería solamente los granos de la deliciosa legumbre de nuestra huerta. Lo importante era encontrar el punto exacto de la corriente para empezar a vaciar poquito a poco esa caja de madera. Era precisamente el momento donde veías caer los garbanzos en el mandil, y las vainas y demás restos volar lejos de la estupenda selección. Así de fácil. Le llevaba un buen tiempo hacer aquella tarea que a mí me parecía tan mágica. En verdad, entre el viento y la maña de mi abuela parecía todo tan natural... Como yo lo tenía que probar todo, a pesar de mi incapacidad para levantar aquel cajón, mi abuela inventaba alguna cosa para que con mis manos, demasiado pequeñas aún, pudiera experimentar que si vas dejando caer todo junto, lo más pesado caía cerca y lo más ligero volaba más lejos consumando la deseada limpieza. Toda una clase de física por parte de mi querida abuela. Y así de contenta se quedaba ella. Con su saquito de garbanzos que iría a parar a alguna de nuestras maletas para regresar a Valencia. No sería lo único. Ya tenía preparada la bolsa con las alubias recién recogidas y los ramilletes secos de las hierbas naturales que se recogían con esa delicadeza propia de las cosas importantes. La manzanilla, el tomillo y la hierba buena viajarían también con nosotros. Tanto es así que cualquiera de los bolsos que íbamos a llevar en el viaje servía para buscar un hueco e incluir tantos pellizcos buenos de nuestra casa. Mi abuelo ya había preparado dos inmensos sacos de patatas que serían mandados por correo hasta nuestro domicilio en el mes de septiembre. “Mira Sariña, esos sacos van a viajar también hasta Valencia. Ya me dirás si están buenas”. Por supuesto que estarían buenísimas. Siempre me acordaré del día que llegaban esos inmensos sacos a nuestra casa. Yo sabía que habían llegado desde el momento en que entraba por la puerta de mi regreso del colegio. El olor a cachelos que venía de la cocina era tan reconocible que mamá ya no me decía nada más. Allá iba corriendo hasta la pota al fuego para deleitar exquisitamente mi olfato. 

No serían los únicos envíos desde Medeiros. Hacia mitad de enero llegaría el deseado paquete con una estupenda selección de productos de la matanza.Chorizos, androllas, lomos, unto… en fin, todo lo que un buen empaquetado pudiera aguantar en el largo viaje. Tampoco faltaría el envío de un jamón. Siempre me acordaré del cuidadoso esmero con el que se había preparado la deliciosa pata bien curada. Llegaba rodeada de la tela de un saco y cerrada con cuerda bien cosida por todo un lateral. Era evidente que a mi abuela le había llevado su trabajo para que quedara bien embalado. Así me los imaginaba, a mis abuelos en la distancia preparando y enviando tantos deseos de cercanía.

Mi padre ya andaba nervioso en esos días. Sabía del aluvión de pequeños presentes que se irían acumulando para el viaje. Todos confiábamos en su buen hacer para empaquetar y casi pidiendo milagros que pudieran incluir todo. Los ofrecimientos venían por todos los lados. Mis tíos con alguna botella de vino de su propia cosecha, el aguardiente de mi abuelo o el licor de hierbas de mi tía Luisa, que según me contaban, era de los mejores. Tampoco faltaba el licor café casero de mi abuela, cuya receta pasó de generación en generación. Así que ya veías a mi padre buscar una buena caja de botellas para poder transportar con seguridad tantos obsequios que llevar. Mientras dejaba a mis padres discutiendo sobre la idoneidad de aquellos paquetes, era también mi momento de ir despidiéndome de algunos “pequeños amiguitos” que durante ese mes había visto nacer. Se trataba de las pequeñas crías de conejos que habían nacido hacía quince días. Tras el aviso de mi tía Constanza, una parte de mis correrías era pasar por su casa y hacer un seguimiento minucioso de aquellos diminutos gazapillos que todavía tenían los ojillos cerrados. Mi tía disfrutaba enseñándome a los pequeños conejillos. Me los acercaba a mis manos y con muchísimo cuidado los acurrucaba a mi regazo para mantenerlos calentitos. Menuda delicia disfrutar de aquella suavidad y ese calorcito de sus cuerpos tan pequeños. Me encantaba ver la evolución tan rápida de los retoños. Sus orejas crecían de un día para otro y sus ojos ya permanecían abiertos ante tanto delicado zarandeo por nuestra parte. Empezaban a diferenciarse las diversas tonalidades de sus pelajes y era el momento de disfrutar viéndolos en sus primeros correteos. Mi tía, con toda la buena intención, me ofreció un maravilloso regalo al ver la pena de despedirme de ellos. “Mira, llévate uno a Valencia, elige el que quieras” ¡¡Menudo notición!! Por supuesto que me lo llevaba. Así de contenta regresé a casa. ¡¡Papá, que la tía me regala un conejito para llevármelo!!” La cara de papá fue todo un poema. Era la típica expresión de mi padre en la que dejaba clara la negativa incontestable. “Pero hija, cómo nos vamos a llevar un conejo. Imposible” De nada sirvió mi compromiso de llevarlo conmigo, de buscar una caja para el transporte, de mi insistencia en la responsabilidad de su cuidado… A pesar de todas mis súplicas, el pobre gazapillo no se haría valenciano. Así que volvía a desandar el camino para decirle a mi tía que era imposible. Mientras me alejaba escuchaba a mi padre la retahíla de quejas propias de esos días. “Lo que faltaba. También llevarnos un conejo. Y también un pollito, no te digo… Esto no puede ser. Hay que empezar a seleccionar, si no vamos a parecer porteadores en las estaciones...” Me hizo gracia la expresión de mi padre. La verdad, todos los años era lo mismo. Entre la insistencia de mi madre para llevarse los queridos productos de su casa y el dolor de cabeza de mi padre para buscarles sitio, se pasaban las últimas horas en Medeiros. Ciertamente, el deseo de llevarme a un pequeño conejo era la gota que colmaba el vaso. Mi tía me tranquilizó. Ella cuidaría al pequeño “Willy” que me esperaría el año siguiente. Bendita inocencia...

jueves, 26 de agosto de 2021

MICRORRELATOS PARA EL VERANO: UN GLOBO EN EL TEJADO

 

Nuestra estupenda pandilla de Medeiros iba menguando como los días de vacaciones. Poco a poco se reducía la chiquillería de las calles y las tardes de continuo alboroto infantil. Así que los paseos ya empezaban a ser más cortos y los partidos de futbolín en el bar de Cándido necesitaban menos vueltas para concluir la liguilla. Mis primos y yo intentábamos en esa última semana arañar minutos a las horas para estar juntos. Tanto es así que ante la orden de mi tía Mercedes de no salir hasta después de las seis, prefería acudir a su casa y quedarnos encerrados en una de las habitaciones donde iniciar, hasta el permiso correspondiente, nuestras hazañas personales. Era tiempo de inventarse cualquier tipo de juego y con los elementos más sencillos que estaban en nuestra mano. Sin hacer publicidad a una marca de pipas, aquel verano nos suscribimos a esas bolsas que traían unas bolitas en su interior. Si al romperla aparecía un punto oscuro, teníamos que volver al puesto de venta porque nos había tocado un estupendo globo con el eslogan de la marca. Una unión genuina entre las pipas y un toro que se lamentaba de morir sin haber probado aquel estupendo manjar. Con la imaginación propia de aquella maravillosa edad, nos inventamos un juego trepidante. Hinchar el globo, subir las escaleras del taller de Paco, decir a los cuatro vientos el lamento del pobre toro y soltar el globito de marras. Tras decenas de subidas y bajadas, y las risas propias de ver hasta donde llegaba la desinflada del pobre globo, ocurrió lo que no habíamos pensado. La trayectoria del hinchable desvió su camino hasta el tejado. Menuda mala suerte, ahora que le habíamos cogido el tranquillo al juego recién inventado. A pesar de los intentos de subirnos hasta el tejado para recuperar nuestro utensilio deseado, solamente faltó el chillido de mi tía para dejar en paz el tejado, el globo y cualquier ocurrencia que pasara por nuestra cabeza. “Vamos a comprar otra bolsa de pipas. Igual nos toca otro globo”. Pero la suerte no se acerca dos veces, y en nuestro caso, tampoco. Así que sentados en las escaleras de la casa de mis primos, mirábamos con nostalgia el pobre globito azul que descansaba ya para siempre en las tejas de la casa de enfrente. Una primera derrota en nuestro quehacer infantil no sería suficiente para acabar con nuestra tarde estival. “Y si vamos hasta el Valeciño? Pues vale”. 


Aquellas últimas tardes en Medeiros eran un ir y venir por sus calles, como comprobando que muchos ya habían marchado y dejado ese halo de morriña que quedaría en el aire hasta un año después. En la fuente del Valeciño pasábamos un buen rato observando como la veta de la fuente exponía una profundidad impresionante. De ahí siempre los avisos de no asomarse demasiado y tener mucho cuidado para acercarse a beber en el continuo chorro de agua que salía de ella, fresca y limpia para esas últimas tardes de calor.

Puestos a visitar fuentes, decidimos acudir también a la del Bouzo. Junto a ella teníamos la casa del cura y el espectacular cruceiro de Medeiros, que había servido en la época de nuestros padres como punto de reunión para aquella juventud. Y como recordando esos tiempos pasados, nos sentábamos a los pies del cruceiro para comentar las pocas cosas que ya nos quedaban por contar. Recordar nuestras andanzas y reírnos de alguna que otra travesura que quedarían año tras año en nuestro coleccionable particular y que servirían para seguir soñando con nuestra aldea. Allí terminamos la última bolsa de pipas. Pensando ya en qué hora podría ser, vimos a Don Antonio, el cura de la parroquia, que salía apresurado de su casa. “Hola mozos, qué hacéis… ¡¡Uy!! menuda cara de aburrimiento… Venga, venid conmigo a misa”. Cualquiera le decía que no a Don Antonio. El cura que nos había visto crecer a todos. Así que allí nos dirigimos. Era una forma más de alargar aquel atardecer. Teníamos el mejor salvoconducto para llegar un poco más tarde a casa. Mientras tocaban la última llamada a misa, aprovechábamos para visitar a nuestros seres queridos en el cementerio que rodeaba nuestra iglesia. Sabíamos de la ubicación de familiares y vecinos que nos habían dejado ya hace tantos años. En voz baja y con un inmenso respeto íbamos recorriendo las lápidas y las flores que recordaban con cariño a todos ellos. Bien valía un pequeño rezo por todos ellos. Una forma especial de alargar su existencia con un hermoso recuerdo.

ESCALERAS DEL ALBA

 

Descuento los días hambientos

entre pisadas de arena blanca

esperando las mareas vivas

para anidar la espuma del alba.


Regreso sobre las miradas

que hilvanan almohadas de nubes 

como escaleras en el cielo,

apresurando las mañanas.


Me pregunto por mi pasado

repleto de risas desordenadas,

replegando las penas del alma,

que dejan un brillo en el cielo

que juegan entre los pies en la playa.